EL CALAFATE Clima

HuemulHay muchas Patagonias. Tantas como personas que la han pensado. Cada uno tiene su Patagonia y trata de  “amucharla” o,  para ser más técnico, amalgamarla,  con la Patagonia dominante, la que nos da cohesión, la que todos convenimos que existe. Como producto semiótico, la Patagonia es un espacio en disputa. Puede ser un “paraíso” en la tierra (o no) por diferentes motivos, sujetos a apreciación personal. Para mí, hay grandes motivos para amarla.

La Patagonia es, a priori, generosidad pura. Para estar en la Patagonia hay que moverse por ella, hay que buscarle los vericuetos. Coincido plenamente con Michel Serres cuando señala que hay que agradecerle a los Profesores de Educación Física por enseñarnos muchas cosas sobre nuestro cuerpo y, especialmente, que el cuerpo todo lo puede. De otra manera, no se me hubiera ocurrido nunca incursionar por los senderos del Chaltén. Gracias Profes.

Estuve en El Chaltén el fin de semana largo del 21 de septiembre con algunos amigos. Cometimos una infracción: no registrarnos en la sede de parques nacionales en época invernal. Lo subsanamos con una joven amorosa, contratada del parque, que nos interceptó cerca de Poincenot mientras descansábamos al sol. Gracias Valeria.

Ahora bien, en una charla con unos Suizos que conocimos al final del recorrido hacia Laguna de los tres, y en un estado anímico de euforia por haber alcanzado nuestro objetivo,  comenzamos un vendaval argumentativo que hoy les comparto: “We have never, never seen a Huemul”. Nosotros nunca, NUNCA vimos un Huemul.

En ese momento comenzamos un periplo argumentativo lleno de entramados sólidos y certeros sobre la imposibilidad de ver a estos animalitos. Veíamos por todos lados carteles con recomendaciones: no llevar perros, no molestarlos, no acercarse, circular despacio en el auto. Para nuestras especulaciones era obvio que la única prueba de la existencia de estos animales eran esos carteles. No conocíamos a nadie que hubiese visto uno. Ni siquiera un hijo de biólogo que nos argumentara “mi padre los ha visto”. Nos parecía un exceso discursivo y performativo del mercado turístico: “necesitamos un animal exótico para atraer clientes. Necesitamos una ballena franca al estilo Madryn. -¿Qué hay en esta zona? -Tenemos al huemul. -Vamos con el huemul entonces”.

Era sólo eso. Un relato más que con cierta sagacidad podíamos desmontar, desbaratar y sentirnos inteligentes (muy) en el proceso. Nuestro ego, tranquilo. Nos tranquilizan los prejuicios, son necesarios.

No obstante, el azar convertido en don, es decir, la Patagonia, nos regaló inesperado . Mientras nos acercábamos al lago del Desierto, a dos kilómetros del monumento al Gendarme, nos encontramos con tres  huemules: dos machos y una hembra. Íbamos muy lentos en mi auto, el C3 negro de la foto.

No se movieron.  Sólo la hembra caminó un poco. Estuvimos veinte minutos mirándonos. Nosotros a ellos, ellos a nosotros, aunque con motivaciones obviamente diferentes. Nosotros extasiados. Ellos expectantes.

Sacamos algunas pocas fotos con un celular (gama muy baja diría mi hijo) y luego seguimos hasta el lago. Los dejamos  tranquilos. Nosotros no. Nos fuimos afectados, descangallados, destartalados,  riéndonos de nuestros prejuicios, de nuestro nerviosismo palabreril, de nuestras puerilidades que no llegan a comprender por qué la Patagonia sigue siendo tan inimaginada

*Profesor Adjunto Ordinario de Teoría Literaria. UNPA- UARG. Doctor en Literatura. Especialista en Semiótica, Género y Educación.